387. Hermanas de Nuestra Señora del Silencio y de la Santa Cruz



Con María al pie de la Cruz

Las Hermanas de Nuestra Señora del Silencio y de la Santa Cruz son una Asociación Pública de Fieles erigida en 2009 en la Diócesis de Caacupé (Paraguay). Las Hermanas son contemplativas y llevan una vida oculta y laboriosa, como Nuestra Señora del Silencio la vivió desde Nazaret hasta el Cenáculo, orando con Jesús en intimidad amorosa con el Padre e intercediendo ante Él por toda la humanidad.

Su espiritualidad tiene como modelo a María Santísima, pues, Ella con su entrega total y disponible, acogió a la Palabra en su seno y acompañó silenciosamente a su Hijo en su misión redentora, guardando cuidadosamente todas las cosas en su corazón, y a los pies de la cruz aceptó ser Madre Corredentora de todos sus hijos.


La vida de cada Hermana está orientada a la experiencia de Dios Vivo, en una búsqueda constante de su Presencia que anima su jornada monástica, distribuida como sigue: oración personal, Liturgia de las Horas, lectio divina, lectura, estudio, trabajo, recreo y descanso. Día a día hacen suyos los sufrimientos y angustias de los hombres, como también sus alegrías, depositándolos en las manos maternales de María para presentarlos al Padre de las Misericordias.


Como Santa María en Nazaret, trabajan para su subsistencia diaria, solidarizándose así con todos los trabajadores: trabajan en la huerta, elaboran formas para consagrar, confeccionan ornamentos litúrgicos, tarjetas, diversas manualidades, dulces y velas artesanales.



386. Hijas Misioneras del Amor del Divino Infante de Praga



Las Hijas Misioneras del Amor del Divino Infante de Praga son una Asociación Pública de Fieles fundada por el P. Mario Herrera en 2012 en la Diócesis de Chiquinquirá (Colombia). Su carisma consiste en potenciar, recuperar y preservar la dignidad de hijos de Dios a los hombres y mujeres, desde la concepción hasta su retorno al Padre, por medio del amor y ternura del Divino Infante de Praga; asumiendo en sus vidas las características del amor del Niño Jesús: confianza, pureza, humildad y abandono.


La forma de hacer tangible y desarrollar su carisma es a través de la oración permanente y mediante la realización de obras apostólicas que permitan recuperar y preservar la dignidad de hijos de Dios. Ejercen la maternidad espiritual para sacerdotes y consagrados, ayudan a madres en situación de riesgo, a mujeres que se plantean el aborto, oran por los fieles difuntos y las almas del purgatorio... Colaboran también en las tareas pastorales de catequesis, grupos vocacionales, visita a enfermos, grupos matrimoniales, etc. Parte de su familia religiosa son la rama seglar y los Hijos Misioneros del Amor del Divino Infante de Praga, en proceso de formación.

Están presentes en Villa de Leyva, Santa Sofía y Chiquinquirá. También acompañan a niñas en situación de riesgo en Tinjacá y a la Fundación Niño Jesús de Praga en Bogotá.


385. Franciscanas de la Inmaculada Concepción



Monseñor Bernardino Mazzarella OFM


Las Franciscanas de la Inmaculada Concepción son un Instituto Religioso de Derecho Diocesano fundado por Monseñor Bernardino Mazzarella OFM, en 1973 en la Diócesis de Comayagua (Honduras). Su carisma consiste en la proclamación y vivencia  radical del Evangelio en simplicidad y alegría interior, en todos los campos de la pastoral,  siguiendo a Cristo a ejemplo de San Francisco  de Asís. Su espiritualidad franciscana se ve enriquecida por la devoción a la Inmaculada Virgen María, imitando sus virtudes de fidelidad y  entrega alegre al servicio de Dios y de la Iglesia. En el campo apostólico, las Hermanas se adecuan a los tiempos y las  realidades de la región donde realizan su labor, buscando siempre la solidaridad y el servicio a los pobres desde la experiencia del Amor Divino. Están presentes en Honduras, Guatemala y Estados Unidos.



Gustad y ved qué bueno es el Señor






Valoraciones de un Superior General tras visitar a una Provincia española de su Orden



Hablando de problemas de la Provincia, me refiero a actitudes y comportamientos que dependen de nosotros mismos, para los que no podemos invocar como excusa el momento histórico que estamos viviendo o la sociedad en la que estamos insertos. Son debilidades personales y comunitarias, que debemos humildemente reconocer y afrontar con coraje si verdaderamente queremos que nuestra familia religiosa tenga un futuro. No hablo de pequeñas cosas, de escasa importancia, sino de tendencias de fondo, que, de modos diversos, amenazan la vida de la Provincia.

1) El peligro mayor que encuentro en ésta, como en muchas otras Provincias, especialmente en las de antigua tradición, es el inmovilismo. El inmovilismo es pariente de la acedia y siempre tiene, entre sus causas o sus efectos, una falta de esperanza, de motivaciones y de amor por la propia vocación. Nos apegamos a la "carne", hecha de aparentes seguridades y comodidades, y se rechaza el "espíritu", que nos vuelve a poner en camino. Encontramos muchas justificaciones para no cambiar: la edad, la salud, la importancia de lo que estamos haciendo, la incapacidad de hacer cosas diferentes, la desconfianza de los proyectos propuestos o de las personas que los proponen, etc. Tengo la impresión de que con frecuencia nuestros caminos se interrumpen antes de tiempo. Se crece hasta un cierto punto y luego nos detenemos por falta de esperanza, de estímulos y de confianza en Dios y en nosotros mismos. Naturalmente, nos detenemos incluso llevando a cabo muchas cosas. A veces el activismo exterior esconde una inactividad interior. En un tiempo como el nuestro, de rápidos y radicales cambios, quedarse parados y pegados al presente significa elegir la muerte, a lo mejor diciendo que queremos aprender el ars moriendi charismatica.

2) Entre los cambios que se perciben más necesarios y que menos nos comprometemos a realizar se encuentra el que se dirige decididamente hacia nuestra identidad carismática. Somos poca comunidad y poco orantes. También en este caso propongo algo que ya han dicho casi todos los visitadores generales y provinciales. Nuestras casas, ¿son de verdad casas de oración? ¿Casas en las que en el centro está la comunidad en oración? 


Se nota una cierta marginalidad de la oración, colocada con frecuencia en tiempos y espacios poco adecuados. En el centro se encuentran más bien nuestras actividades, nuestro trabajo, hasta nuestros hobbies. Una cosa que me ha impresionado visitando las casas de la Provincia es que en muchas de ellas la capilla es un espacio angosto (un tugurio), no cuidado, que no ayuda a orar. Parece que no es importante el cuidado de la oración y de sus condiciones, a pesar de la insistencia de nuestra predicación y de nuestro apostolado sobre este tema. De este modo, sin embargo, corremos el peligro de que nuestra vida espiritual y comunitaria se vuelva árida.

3) Deriva de una tendencia al inmovilismo también la dificultad de tomar conciencia de la situación real de la Provincia. Como he dicho, estoy convencido de que la Provincia goza aún de buena salud y todavía tiene muchas energías disponibles. Pero esto no quita que el equilibrio de muchas comunidades sea tan precario y esté fundado solo en una o dos personas. Creo que no estamos haciéndonos conscientes de la situación a la que hemos llegado, en cuanto a la escasez y limitación de nuestra respuesta a los problemas reales. Seguimos creyendo, con teorías e ideas brillantes, que hay solución para casi todo, con movimientos oportunos que hagan los superiores. Nos es muy difícil pasar de las intenciones, opiniones y doctrinas, a los pasos concretos, a asumir decisiones reales, arriesgadas, en ocasiones peligrosas, con nombres y apellidos. Creo que seguimos en la inercia de la comodidad que hemos adquirido, y no nos damos cuenta de que es otra la situación en la que nos hallamos. Añado que esta dificultad de tomar conciencia de la situación real se traduce para algunos en un peso excesivo que llevar. Nosotros, superiores, tenemos el deber de vigilar para que no se exija a las personas que se nos han encomendado más de lo que es justo, sano y normal.

4) Finalmente, expreso mi preocupación respecto al mundo joven. Nuestras iglesias, incluidas las parroquias, son frecuentadas, en su gran mayoría, por personas maduras o ancianas. Faltan casi del todo los jóvenes. Es evidente que con los medios de una pastoral tradicional no logramos ya llegar a este mundo que se comunica con medios distintos y que piensa y habla de modo diferente al nuestro. Es una urgencia y una prioridad buscar canales y puentes hacia los jóvenes. No es posible pensar en una pastoral vocacional dirigida a los jóvenes, si antes no hemos hecho un camino de conocimiento recíproco con ellos. Los jóvenes nos incomodan, nos discuten, pero esto es saludable. Como dice el papa Francisco, prefiero una iglesia que sufre por un accidente, a una iglesia que se pone enferma y se muere por asfixia.

Para una adecuada revitalización de la vida religiosa en el contexto de crisis vocacional e identitaria



Reflexiones de un religioso:

Debemos ser conscientes que la situación que estamos viviendo en la vida religiosa hace necesaria una reestructuración, que llegará o se dará necesariamente, bien obligados por las circunstancias, bien proyectada por nosotros con cierta lucidez y sentido evangélico. Se puede morir sin más, o se puede morir para vivir; se puede ir muriendo poco a poco, poniendo parches  acá y allá que alargan la agonía o retrasan la muerte, o se pueden poner los remedios oportunos para hacer germinar vida nueva y dar paso a una forma revitalizada de vida religiosa.

No cualquier tipo de reestructuración es para nueva vida, sino que hay una reestructuración para una mera supervivencia. Si queremos optar por una reestructuración que haga posible una nueva vida, que revitalice realmente la vida y la misión de los religiosos, debemos tener claro desde dónde debemos partir, qué actitudes debemos tener, en qué estamos dispuestos a cambiar y qué estamos dispuestos a hacer cada uno.

1. El problema de fondo de la vida religiosa hoy es un problema de espiritualidad y si no abordamos esto seriamente, una verdadera reestructuración ni será posible ni servirá de nada. Por eso, se necesita urgentemente la recuperación de una verdadera y profunda experiencia de Dios, una experiencia que ha de ser teologal, es decir, enraizada y centrada en la fe, la esperanza y la caridad. Si no llegamos a recuperar esta dimensión como algo vital, difícilmente podemos cambiar y realizar una reestructuración para una vida nueva.

2. Debemos ser muy conscientes de que la vida religiosa en general se encuentra en una situación crítica. Hay una sensación de que el modelo actual de vida religiosa está tocando a su fin. Todo indica que estamos en un momento crítico (pocas vocaciones, envejecimiento, pérdida de la calidad de vida humana y comunitaria, etc.) y, por lo tanto, urgidos a cambios profundos, orientados por una fidelidad creativa al carisma y a nuestros orígenes. Ante esta situación, podemos sucumbir y dejarnos arrastrar por el pesimismo (algo que no es muy evangélico) o vivirlo con fe como auténtica experiencia pascual; saber morir para vivir y para dejar paso a nueva vida.

3. Ante la situación real que vivimos, puede haber reacciones inoportunas y nocivas, o reacciones esperanzadoras. Algunas reacciones nocivas y estériles serían: ignorar la situación, buscar explicaciones sin fin y eternizarnos en los discursos o el diálogo, buscar culpables o chivos expiatorios para eludir las propias responsabilidades, hacer ejercicios de supervivencia comunitarios o personales… En cambio, las reacciones esperanzadoras serían: hacer ejercicios de sinceración, reaccionar ante la situación, enfrentar la situación y tomar decisiones, aunque nos equivoquemos, pues en situaciones así es preferible equivocarse a quedarse con los brazos cruzados.

4. No es bueno que los cambios sucedan sólo por presión de las circunstancias de crisis vocacional o por factores externos. Sería triste  que sólo nos reestructurásemos obligados por las circunstancias y no por verdaderas motivaciones evangélicas libremente elegidas y asumidas. Los cambios sólo van orientados correctamente cuando van impregnados por una intensa vida teologal y acompañados por una espiritualidad de cambio. Los cambios deberían responder también a una mayor autenticidad de vida, a una verdadera fidelidad al propio carisma, como un abrir puertas a nuevas oportunidades.

5. Hoy necesitamos urgentemente una espiritualidad para el cambio institucional y personal, para la reestructuración a un nivel profundo y global… Un cambio, por lo tanto, no impulsado por la moda, sino por la búsqueda de la verdad. El cambio implica renuncia  a ciertas seguridades, implica siempre riesgo, pero también la posibilidad de crecimiento, En una verdadera reestructuración se requieren muchos cambios institucionales, pero éstos no se podrán dar ni llevar a término con sentido sin los cambios personales: cambios de mentalidad, de hábitos de vida, de comunidad, de ministerios… En este proceso se deberá armonizar también la autonomía de la persona, el discernimiento comunitario y las exigencias de la misión. En ningún caso los cambios deberían estar inspirados por la huída de la responsabilidad, de la convivencia, de nosotros mismos, sino por la búsqueda de una vida y una misión más evangélica y más centrada en el propio carisma. Las resistencias verdaderas al cambio suelen obedecer a una falta de fe, puesto que la mayoría de los miedos surgidos son gratuitos o infundados.

6. Los cambios en la vida religiosa deberían orientarse hacia tres objetivos: recuperar la identidad carismática, recuperar la misión profética y crear condiciones institucionales para que esto sea posible.

- Recuperar la identidad carismática: Es decir, revitalizar el carisma y la espiritualidad propia, revitalizar así mismo la misión que brota del carisma. Nuestra misión básica no es hacer cosas (razón instrumental), sino ser vida religiosa (razón simbólica). Ante todo, debemos ser testigos del Evangelio, maestros espirituales. La comunidad religiosa debe ser centro y fuente de espiritualidad para la Iglesia y para la sociedad. La falsa secularización o la adaptación indiscriminada a los valores seculares nos han hecho insignificantes para el mundo de hoy.

- Recuperar la dimensión profética de la misión: Sencillamente porque a veces se nos instrumentaliza para tareas diocesanas y parroquiales de suplencia. Hemos perdido en gran medida la creatividad y nos hemos acostumbrado a tareas rutinarias de funcionamiento eclesial. La “parroquialización” de la vida religiosa puede significar la muerte de nuestra vida consagrada y también el debilitamiento de la vida cristiana. El gran desafío de la vida religiosa hoy es, sin duda, rescatar su dimensión carismática para poder ofrecer un testimonio profético en la sociedad y en la Iglesia. Para poder rescatar nuestra vida y nuestra presencia carismática, son fundamentales tres cosas: intensificar la dimensión contemplativa o la experiencia de Dios, la vuelta a una pobreza evangélica real y efectiva, y la experiencia teologal de la comunidad. Precisamente esos tres valores corresponden a tres grandes carencias o necesidades del mundo actual: el secularismo y la nostalgia de lo religioso; el ídolo del becerro de oro y la necesidad de  solidaridad; la soledad, el individualismo y la necesidad de comunicación. Esto posibilitará que nuestra presencia en la Iglesia y la sociedad pueda percibirse y valorarse como forma alternativa de vida y de esperanza para los pobres y excluidos.

- Crear condiciones institucionales para hacer posibles los dos objetivos anteriores: Precisamente porque en buena medida los problemas son institucionales, es necesaria una reconversión institucional, que debería prestar atención a algunos problemas:

1) La reducción de obras y aligerar edificios e infraestructuras.
2) Aligerar también las instituciones y obras que someten a sus miembros a una actividad y trabajo excesivos: el activismo voraz no es compatible con la dimensión carismática y profética de la vida religiosa.
3) Aligerar el aparato burocrático y actualizar la organización de las obras y las instituciones para facilitar la vitalidad. En este sentido, es bueno y necesario tener presente  el sentido de Instituto, para no perdernos en el provincialismo o el localismo.
4) Prestar atención a una adecuada ubicación de las comunidades.

Estas letras reflejan una visión realista y clarividente de la situación que estamos viviendo hoy en la vida religiosa, así como también la urgente necesidad que tenemos de reaccionar, hacer algo y tomar decisiones firmes y reflexionadas, que nos ayuden a encontrar una salida a la crisis profunda. De ahí la razón de ser de la reestructuración a nivel general, que supondrá, sin duda cambios estructurales e institucionales importantes. El fin de una verdadera reestructuración debería ser la revitalización de nuestra vida y misión desde una fidelidad creativa al propio carisma. Y esto sólo será posible desde una profunda renovación espiritual, que implica conversión a todos los niveles (personal, comunitaria, provincial), una verdadera experiencia teologal de Dios, una recuperación de nuestra identidad carismática y nuestra misión profética, una recuperación de la calidad de vida comunitaria y de un estilo de vida sencillo y pobre.