Más de 3.000 religiosos y religiosas de votos perpetuos y de Institutos de Derecho Pontificio abandonan cada año la vida religiosa



En algunos medios de información católica se alude a la intervención que Mons. José Rodríguez Carballo OFM ha realizado en la jornada de reflexión y estudio “Fidelidad y perseverancia vocacional en una cultura de lo provisional”, que se ha celebrado en el Antonianum de Roma (29.10.2013). E inciden, cuando no hacen un reduccionismo falso, en que detrás de los abandonos está el llamado “zapping”, que alude a que los jóvenes religiosos/religiosas de votos perpetuos no asumen compromisos a largo plazo, pasando de un experimento a otro, sin hacer ninguna experiencia que marque la vida. Y éste no es el punto central de la reflexión de Carballo ni mucho menos. Por eso os presento su ponencia, para que leáis lo que él ha querido transmitir. Basta de echar balones fuera: la culpa la tiene la sociedad, los jóvenes religiosos, etc. Carballo también entona el mea culpa de los propios Institutos Religiosos: su falta de vida espiritual, su activismo obsesivo, la mala calidad de la formación, la incoherencia entre las exigencias de la formación inicial y la vida real religiosa una vez profesado los votos…

Reflexión de Mons. José Rodríguez Carballo OFM, Arzobispo titular de Belcastro, Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, sobre las causas de los abandonos en la vida religiosa.

Desde hace tiempo se habla de crisis en la vida religiosa y consagrada. Y para justificar este diagnóstico, frecuentemente se recurre al número de abandonos, que agudiza la ya de por sí alarmante disminución de vocaciones que golpea a un gran número de Institutos y que, si continúa así, pone en serio peligro la supervivencia de algunos de ellos.

No entro aquí en el debate acerca del carácter positivo o no de la crisis de la que se habla. Es cierto, sin embargo, que, teniendo en cuenta el número de los abandonos, y que la mayoría de ellos tiene lugar en edad relativamente joven, dicho fenómeno es preocupante. Por otra parte, considerando el hecho de que la hemorragia continúa y no parece detenerse, los abandonos son ciertamente síntoma de una crisis más amplia en la vida religiosa y consagrada, y la cuestionan, por lo menos en la forma concreta en que es vivida.

Por todo esto, si bien es cierto que no podemos dejarnos obsesionar por el tema – toda obsesión es negativa-, es también cierto que frente al problema no podemos “mirar para otro lado” o “esconder la cabeza”. Por otra parte, si bien es cierto, también, que son muchos los factores socioculturales que influyen en el fenómeno de los abandonos, es también cierto que no son la única causa y que no podemos referirnos sólo a ellos para tranquilizarnos y para explicar este fenómeno, hasta ver como “normal” lo que no lo es.

Las cifras

No es fácil conocer con precisión el número de los que abandonan cada año la vida religiosa y consagrada, también porque hay casos que van a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, otros que son llevados por la Congregación para el Clero, y otros que terminan en la Congregación para la Doctrina de la Fe. En todo caso, las cifras de las que disponemos son consistentes, como se puede ver por los datos que nos son ofrecidos por las primeras dos Congregaciones.

La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, en cinco años (2008-2012), ha dado 11.805 dispensas: indultos para dejar el Instituto, decretos de dimisión, secularizaciones ad experimentum y secularizaciones para incardinarse en una diócesis. Se trata de una media anual de 2361 dispensas.

La Congregación para el Clero, en los mismos años, ha dado 1188 dispensas de las obligaciones sacerdotes y 130 dispensas de las obligaciones del diaconado. Son todos religiosos: esto da una media anual de 367,7.

Sumando estos datos con los otros, tenemos lo que sigue: han dejado la vida religiosa 13.123 religiosos/religiosas, en 5 años, con una media anual de 2624,6. Esto quiere decir 2,54 cada 1000 religiosos. A estos habría que agregar todos los casos tratados por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Según un cálculo aproximado pero bastante seguro, esto quiere decir que más de 3000 religiosos/religiosas de votos perpetuos han dejado cada año la vida consagrada. En este cómputo no han sido contados los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica ni los de los Institutos Seculares, ni los religiosos/as de votos temporales, ni los abandonos durante el noviciado.

Los motivos de los abandonos

Ciertamente los números no son todo, pero sería de ingenuos no tenerlos en cuenta. Antes de indicar algunas de las causas de los abandonos, creo que es oportuno decir que es casi imposible relevar con exactitud tales causas. ¿El motivo? Es muy sencillo: no tenemos datos totalmente confiables. A veces, una cosa es lo que se escribe, otra cosa es lo que se vive. Además, en muchos casos lo que dicen los documentos, de los que se dispone al final de un procedimiento, no necesariamente coincide con la causa real de los abandonos. Sin embargo, de la documentación que posee nuestro dicasterio se pueden identificar las siguientes causas:

1) La ausencia de vida espiritual (oración personal, oración comunitaria, vida sacramental) que conduce, muchas veces, a apuntar exclusivamente a las actividades de apostolado, para así poder seguir adelante o para encontrar subterfugios. Muy a menudo esta falta de vida espiritual desemboca en una profunda crisis de fe, para muchos la más profunda crisis de la vida religiosa y consagrada y de la misma vida de la Iglesia. Esto hace que los votos ya no tengan sentido (en general, antes del abandono hay graves y continuas culpas contra ellos) y ni siquiera la misma vida consagrada. En estos casos, obviamente, el abandono y la salida es más lógica.

2) Pérdida del sentido de pertenencia a la Comunidad, al Instituto y, en algunos casos, a la misma Iglesia. En el origen de muchos abandonos hay una desafección a la vida comunitaria que se manifiesta: en la crítica sistemática a los miembros de la propia Comunidad o del Instituto, particularmente a la autoridad, que produce una gran insatisfacción; en la escasa participación en los momentos comunitarios o en las iniciativas de la Comunidad, a causa de una falta de equilibrio entre las exigencias de la vida comunitaria y las exigencias del individuo y del apostolado que lleva a cabo; en buscar fuera lo que no se encuentra en casa…

Los problemas más comunes en la vida fraterna en comunidad, según la documentación a nuestra disposición, son: problemas de relación interpersonal, incomprensiones, falta de diálogo y de auténtica comunicación, incapacidad psíquica de vivir las exigencias de vida fraterna, incapacidad de resolver los conflictos… En lo que respecta a la pérdida de sentido de pertenencia a la Iglesia, a veces es dada por la falta de verdadera comunión con la Iglesia y se manifiesta, entre otras cosas, en el no compartir la enseñanza de la Iglesia sobre temas específicos como el sacerdocio femenino y la moral sexual.

Todo esto termina con la pérdida del sentido de pertenencia a la institución, llámese comunidad local, Instituto Religioso o Iglesia, que es considerada sólo en cuanto puede servir a los propios intereses: por ejemplo, la casa religiosa, muchas veces, es considerada como un hotel o una simple residencia. La falta de sentido de pertenencia lleva, a menudo, también a abandonar físicamente la comunidad sin ningún permiso. Siempre me ha impresionado ver religiosos que abandonan la vida religiosa o consagrada con toda naturalidad, incluso después de muchos años, sin que esto suponga ningún drama. Es claro que no dejan nada porque su corazón estaba en otra parte.

3) Problemas afectivos. Aquí la problemática es muy amplia: va desde el enamoramiento, que se concluye con el matrimonio, a la violación del voto de castidad, sea con repetidos actos de homosexualidad (más en los hombres, pero igualmente presente y más de lo que se piensa entre las mujeres), sea con relaciones heterosexuales más o menos frecuentes. Otras veces los problemas afectivos tienen una clara repercusión en la vida fraterna en comunidad, porque conciernen al mundo de las relaciones, provocando continuos conflictos que terminan por hacer invivible la comunidad. Finalmente, los problemas afectivos pueden ser tales que se llegue a la convicción de no poder vivir la castidad y se decide, también por motivos de coherencia, abandonar la vida consagrada.

El contexto socio-cultural

Cuando se trata de identificar las causas o de proponer orientaciones, pienso que es necesario hacer una radiografía, aunque breve y limitada, de la sociedad de la que provienen nuestros jóvenes, los jóvenes que se dirigen a nosotros, así como las fraternidades que los acogen.

Lo primero evidente a todos es que estamos en un mundo en profunda transformación. Se trata de un cambio que trae consigo el paso de la modernidad a la post-modernidad. Vivimos en un tiempo caracterizado por cambios culturales imprevisibles: nuevas culturas y sub-culturas, nuevos símbolos, nuevos estilos de vida y nuevos valores. Todo ocurre a una velocidad vertiginosa. Las certezas y los esquemas interpretativos globales y totalizantes que caracterizaban la era moderna han dejado lugar a la complejidad, a la pluralidad, a la contraposición de modelos de vida y a comportamientos éticos que se han mezclado entre ellos de modo desordenado y contradictorio: son todas características de la era moderna.

Mientras en la modernidad existía la plausibilidad de un proyecto global, de una idea matriz, de un “norte” como faro de comportamiento, el momento actual está caracterizado por la incerteza, por la duda, por el replegarse en lo cotidiano y en lo emocional. Así se vuelve difícil distinguir aquello que es esencial de lo que es secundario y accidental. Esto produce en muchos: desorientación frente a una realidad que se presenta de tal modo compleja que no se puede percibir; incerteza a causa de la falta de certezas sobre las cuales anclar la propia vida; inseguridad por la falta de referencias seguras. Todo se une a una gran desilusión frente a las preguntas existenciales, consideradas inútiles, ya que todo es posible y lo que hoy es, mañana deja de ser.

Nuestro tiempo es también un tiempo de mercado. Todo es medido y valorado según la utilidad y la rentabilidad, también las personas. Éstas, en términos de mercado, valen lo que producen y valen en cuanto son útiles. Su valor oscila, por lo tanto, en base a la demanda. La concepción mercantilista de la persona llega a privilegiar el hacer, la utilidad, e incluso la apariencia sobre el ser.

Vivimos, también, en un tiempo que podemos definir el tiempo del zapping. Zapping, literalmente, quiere decir: pasar de un canal a otro, sirviéndose del control remoto, sin detenerse en ninguno. Simbólicamente, zapping significa no asumir compromisos a largo plazo, pasar de un experimento a otro, sin hacer ninguna experiencia que marque la vida. En un mundo donde todo está facilitado, no hay lugar para el sacrificio, ni para la renuncia, ni para otros valores similares. En cambios, estos están presentes en la opción vocacional que exige, por lo tanto, ir contracorriente, como es la vocación a la vida consagrada.

Finalmente, es necesario señalar también que en el mundo en que vivimos, y en estrecha conexión con lo que hemos llamado “mentalidad de mercado”, está el dominio del neo-individualismo y la cultura del subjetivismo. El individuo es la medida de todo y todo es visto, medido y valorado en función de sí mismo y de la autorrealización. En un mundo así, en el que cada uno se siente único por excelencia, frecuentemente no existe una comunicación profunda. El hombre actual habla mucho, aparentemente es un gran comunicador, pero en realidad no logra comunicar en profundidad y, en consecuencia, no lograr encontrarse con el otro.

Conclusiones

Como conclusión de nuestra reflexión nos planteamos la pregunta: en una sociedad como la nuestra, ¿es posible permaneces fieles a una opción de vida que está llamada a ser definitiva e irrevocable? La respuesta me parece sencilla si tenemos en cuenta a muchos consagrados que viven alegremente la fidelidad a los compromisos asumidos en su profesión. De todos modos, para prevenir los abandonos, sin la ilusión de poder evitarlos totalmente, creo necesario lo que sigue.

- Que la vida consagrada y religiosa ponga en el centro una renovada experiencia del Dios Uno y Trino, y considere esta experiencia como su estructura fundamental. Lo esencial de la vida consagrada y religiosa es “quaerere Deum”, buscar a Dios, vivir en Dios.

- Que la opción por el Dios Viviente no se viva en el encerrarse en un misticismo separado de todo y de todos, sino que lleve a los consagrados a participar en el dinamismo trinitario ad intra y ad extra. La participación en el dinamismo trinitario ad intra supone relación de comunión con los otros y lleva consigo el don de sí mismo a los demás. Por otra parte, vivir el dinamismo trinitario ad extra implica vivir críticamente y proféticamente en el seno de la sociedad.

- Que haya una decisión clara de anteponer la calidad evangélica de vida al número de miembros o al mantenimiento de las obras.

- Que en la cura pastoral de las vocaciones se presente la vida consagrada y religiosa en toda su radicalidad evangélica y se haga un discernimiento en consonancia con dichas exigencias.

- Que durante la formación inicial se asegure un acompañamiento personalizado y no se hagan “descuentos” en las exigencias de una vida consagrada que sea evangélicamente significativa.

- Que entre la pastoral vocacional, formación inicial y permanente, haya continuidad y coherencia.

- Que durante los primeros años de profesión solemne se asegure un adecuado acompañamiento personalizado.

Un bello proverbio oriental dice: “El ojo ve sólo la arena, pero el corazón iluminado puede entrever el fin del desierto y la tierra”. Miremos con el corazón. Tal vez podremos ver aquello que otros no ven.

† Fr. José Rodríguez Carballo OFM

6 comentarios:

Anónimo dijo...

mi querido hno seráfico: sea alabado Jesucristo!!! que puedo decir con relacion a esta dificl situacion de las falta de vocaciones en la VIDA CONSAGRADA, y las sallidas de los hnos de votos perpetuos.
Personalmente por reciente experiencia, estuve en una comunidad como formando, que duro 1 mes y medio, yo único argentino, resto comunidad brasilera toda...una crisis mal de desadaptacion cultural, hecho por la borda, lo que tanto me costo conseguir con 40 años, ya que dado por la edad pocos institutos te aceptan...antes de mi ingreso habia estudiado portugues, epro me toco fuerte la cultura del brasilero....ellos son una congregacion religiosa de fundacion alemana, presente en brasil unicamente hace 60 años, y con 5 religiosos autoctonos... sinceramente puse todo lo mejor de mi para salir de esta situacion, pero tampoco encontré ese acompañamiento de la comunidad para un hno en formacion inicial, drastica medida personal, decidi salir y retornar a mi pais....hoy haciendo el duelo por esta situacion, pero mas por la falta de contencion de mi familia religiosa....sumado a que era el primer extranjero....pero bueno que la VIDA nos bendiga...

Anónimo dijo...

eso no lo es todo, a mi no me aceptaron en los franciscanos menores porque y era fumador de cigarrillo, qué pena como dejan escapar vocaciones, sabiendo que entre ellos ay males perores que el cigarrillo

Ilia dijo...

Bueno. Ved la mano de Dios en estos acontecimientos dolorosos. Él tiene planes para vosotros...sólo que son distintos.
Si os hubiera querido en esas órdenes os habría hecho encajar.
Yo también he vivido acontecimientos que no entendía...y he encontrado mi lugar en realidades eclesiales de carácter laical: me ha ayudado en mi proceso la Renovación Carismática, los Cursillos de Cristiandad....pero he encontrado mi lugar en el Camino Neocatecumenal. Rezo por vosotros para que os alegreis un día al ver la Voluntad de Dios. Nos vemos si Dios quiere en el Cielo. Allí puede ser tan santo un religioso como un barrendero...

Anónimo dijo...

yO FUI RELIGIOSO Y NO ABANDONE MI COMUNIDAD SINO QUE ME INVITARON A SALIR LUEGO A LOS POCOS MESES SE DESARTICULO TODO ASI QUE MUCHAS VECES NO SOMOS LOS QUE AMAMOS NUESTRO CARISMA SINO QUE OLVIDAMOS QUE DIOS ES EL DUEÑO DE NUESTRA COMUNIDADES, Mi nombre es HUGO

Anónimo dijo...

Hola. Quería dejar un comentario. En mi opinión la crisis de Fe de la Iglesia, y en especial de su Jerarquía, es no haber amado NUNCA de Jesucristo y a María Santísima. Eso se ve en que en pocas parroquias hay adoración del Santísimo Sacramento y hay un silencio deliberado de informar a los fieles sobre los Milagros Eucarísticos que son NUMEROSOS. A Raíz de toda esta conspiración del silencio creé un blog http://365seleccionessacros.blogspot.com.ar/ para que se puedan difundirse la buenas lecturas. Ya he publicado en Amazon un primer libro sobre el Milagro de Lanciano y pronto estaré publicando todos los demás en libros subsiguientes. Debemos volver a la Eucaristía y terminar con tanta política y espíritu acomodaticio en el seno de la Iglesia. Al pan pan y al vino vino. La juventud quiere firmeza, ejemplos de vida y convicciones de sus pastores. Si no lo encuentran allí lo buscarán en otra parte como en la Alemania de 1933. Saludos Cordiales. Pedro Daniel Corrado. Buenos Aires. Argentina.

Anónimo dijo...

En los terciarios capuchinos lo ponian a uno a cuidar cerdos y el unico que tenia la razon de todo era el maestro de formandos.