Siervo de Dios Pío XII

"Abandonarse en las manos misericordiosas de Dios: fue ésta la actitud que cultivò constantemente este mi venerado Predecesor, último de los Papas nacidos en Roma..."

En el 50 aniversario del fallecimiento de Pío XII. Benedicto XVI, Basílica de San Pedro:
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"La Palabra de Dios se hace luz en su camino, un camino en el cual el Papa Pacelli tuvo que consolar a los desplazados y perseguidos, tuvo que enjugar las lágrimas de dolor y el llanto de las innumerables víctimas de la guerra. Solamente Cristo es la verdadera esperanza del hombre; sólo confiando en Él el corazón humano puede abrirse al amor que vence al odio. Esta conciencia acompañó a Pío XII en su ministerio de Sucesor de Pedro, ministerio iniciado cuando se espesaban sobre Europa y sobre el resto del mundo las nubes amenzadoras de un nuevo conflicto mundial, que él trató de evitar de todos los modos: "Imminente es el peligro, pero todavía hay tiempo. Nada se pierde con la paz. Todo puede serlo con la guerra", había gritado en su radiomensaje del 24 de agosto de 1939".

"Queridos hermanos y hermanas mientras rezamos para que prosiga felizmente la causa de beatificación del Siervo de Dios Pío XII, es bello recordar, que la santidad fue su ideal, un ideal que no dejó de proponer a todos. Por ello dió impulso a las causas de beatificación y canonización de personas pertenecientes a pueblos diversos, representantes de todos los estados de vida, funciones y profesiones, reservando amplio espacio a las mujeres. A María, la Mujer de la Salvación, él la mostró a la humanidad como signo de segura esperanza proclamando el dogma de la Asunción durante el Año Santo de 1950. En este nuestro mundo que, como entonces, está agobiado de preocupaciones y angustiado por su futuro; en este mundo, donde, más que entonces, el alejamiento de muchos de la verdad y de la virtud sugiere escenarios privados de esperanza, Pio XII nos invita a volver la mirada hacia Maria Asumpta en la Gloria Celeste. Nos invita a invocarla confiados, para que nos haga apreciar siempre más el valor de la vida en la tierra y nos ayude a volver la mirada hacia la verdadera meta a la que todos estamos destinados: aquella Vida Eterna que, como asegura Jesús, posee ya quien escucha y sigue su Palabra. Amen!"

Oración a San Pío X por la beatificación del
Siervo de Dios Pío XII

Oh San Pío X, que fuiste el fuego ardiente que inflamó en renovada caridad a la Iglesia, te pedimos que ejerzas tu valimiento ante Jesucristo, de quien fuiste ejemplar Vicario en esta tierra, a favor de la causa de tu sucesor Pío XII. Él, como tú, fue un gran defensor de nuestra fe y, siguiendo tus pasos, no dudó en desenmascarar y denunciar los errores de su tiempo, esos mismos que tú condenaste, pero que bajo nuevos ropajes pretendían contaminar de nuevo la Doctrina Católica. A ejemplo tuyo, celoso de la mayor Gloria de Dios, promovió el verdadero Culto, restaurando la Sagrada Liturgia de la Iglesia, Obra del Cristo Místico, y previniendo contra las desviaciones de celos, algunos bienintencionados pero los más temerarios y falsos. Emulando tu amor por las almas, que hizo de ti el Papa de la Eucaristía, quiso acercarles aún más el Pan de los Ángeles sin merma de la dignidad de tan alto Sacramento. Fue un heraldo de la paz verdadera, la que es obra de la justicia, y se desvivió por preservarla lo mismo que tú, que ofreciste a Dios tu vida por ella. Y, cuando hombres impíos, desoyendo su llamado acuciante (como otrora hicieran con el tuyo), desataron la furia bélica sobre el mundo, no ahorró esfuerzos ni medios para socorrer a las atribuladas víctimas de la persecución y de la ruina moral y material.
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Pío XII fue un ferviente defensor de la civilización cristiana y de la ciudad católica, esas mismas que declaraste que no estaban por inventar ni por construir en las nubes, sino que han existido y existen. Él, al igual que tú, procuró fundamentar en ellas la sociedad humana, instaurándolo todo en Cristo y extendiendo así el Reinado de Su Sagrado Corazón, cuyas riquezas quiso singularmente comunicar a todos los fieles. A ambos os unió la misma devoción a la Santísima Virgen María y os fue dado celebrar cada uno en su momento la Gloria de su Inmaculada Concepción, definida por vuestro bienaventurado predecesor el Beato Pío IX. A ti, pues, recurrimos hoy para que, así como franqueaste al joven Eugenio Pacelli el camino que lo llevaría a la Sede de Pedro, así también allanes el que conduzca al Pastor Angélico Pío XII, que tuvo la dicha de beatificarte y canonizarte, a la Gloria de los Altares para poder tener pronto el consuelo y el gozo de honrarle e invocarle como a un nuevo intercesor ante Dios. Amén.

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